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Autor: Juan Pablo Escobar.

 

Editorial: PLANETA

La fallida guerra contra el narcotráfico de la pasada administración -que ahora evolucionó a la negación del gobierno mexicano- tuvo un impacto en la cultura mainstream. Las historias de capos trascendieron los corridos y se colaron al mundo editorial, con un boom de novelas y libros de no ficción que todavía satura los estantes de las librerías.

Así como, de algún tiempo a la fecha, las corrientes activistas del periodismo descubrieron a los migrantes, también han hecho del narcotráfico uno de sus tópicos favoritos. Sin embargo, aunque la problemática no ha sido superada, el tema parece agotado, por lo menos, en el plano editorial. Los libros publicados en los últimos años poco o nada aportan a la comprensión y construcción cultural del fenómeno, porque sólo son caprichos de autores o editoriales que de manera poco velada pretenden explotar la comercialidad del género.

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Por ello, es comprensible que al recibir Pablo Escobar. Mi padre, de Juan Pablo Escobar, la reacción lógica sea de hastío. Más aún cuando se trata de un personaje tan popular del que se ha contado mucho y es protagonista, incluso, de una serie de televisión actual.

Esta crítica, sin duda, fue prevista por la editorial o el propio autor, y en la cuarta de forros van directo a la justificación del libro: la novedad de que la historia sea contada “desde adentro” del seno familiar, con la parte que faltaba del rompecabezas. La pregunta que plantea: ¿qué pasa con el entorno de un capo caído?

“La realidad indicaba que hasta los viejos amigotes de mi padre ahora estaban en contra nuestra. Ya no nos veían como a la familia de su patrón que los hizo inmensamente ricos, sino como un botín. De los hombres de mi padre que sobrevivieron después de su muerte puedo decir con certeza que sólo uno le ha sido leal. De los demás únicamente observé ingratitud y codicia.”

Es posible aceptar esta excusa porque la primera parte del libro consigue ser interesante. De la preocupación por un familiar herido en un atentado, el relato lleva al descubrimiento de una telaraña de traiciones que colaboró en la muerte del capo y pretende dejar a sus hijos en la miseria. Se perdona la incitación al morbo con la frase introductoria: “Las historias que no deberíamos saber” porque, aunque esta promesa no es cumplida del todo, la narración consigue enganchar.

El autor afirma que su intención no es reivindicar a Pablo Escobar, pero lo cierto es que sí lo intenta al recordar su popularidad entre la gente humilde, que lo veía como benefactor. También apela a la empatía del lector al relatar el dolor y la impotencia de un hijo al que se le impide acudir al funeral de su padre. Aunque a las víctimas -no sólo de Escobar, sino de la lacra del narcotráfico en general- no les causaría piedad alguna el incidente, éste es un recordatorio de que los “villanos” de la realidad, como en las buenas ficciones, no son unidimensionales.

Ésta es la verdadera aportación del libro: lo que cuenta desde el punto de vista de alguien que fue parte de los hechos. De igual manera, resultan interesantes los recuerdos evocados en el álbum fotográfico familiar y las anécdotas personales del autor que, lamentablemente, se pierden en una contextualización excesiva de una historia ya contada.

Tras la descripción de las mezquindades familiares y las negociaciones que fueron necesarias para salvar la vida de la viuda de Escobar y de sus hijos, el libro cae en la tentación de hacer el trillado recuento del rag to riches del capo más famoso de la historia. El título de hijo de Escobar difícilmente le concede algo de novedad este ejercicio porque el autor no es testigo directo de los acontecimientos, sino que los cuenta a partir de los recuerdos de otros, lo que podría hacer sin mucha dificultad cualquier otro escritor.

Peor aún, Juan Pablo Escobar aniquila la posible indulgencia del lector con un repaso de los clásicos excesos de narco en el que dice no querer alardear, pero alimenta el morbo de manera innecesaria, se aleja de la promesa original y sorprende a nadie con las excentricidades infantiles de Pablo Escobar. De la compasión por el hijo que no puede despedir a su padre, se pasa a las ganas de abofetear al chiquillo que tiene su zoológico particular y entierra entre sus tiliches, sin consideración alguna, la espada de Simón Bolívar.

El problema de Pablo Escobar. Mi padre es que abarca más de lo necesario y no termina de decidir cuál es la historia que quiere contar. ¿Es el ascenso del narco y su caída en desgracia? ¿Es la trama de traiciones y disputas tras la muerte del capo? ¿Es la relación de un hijo con su padre y el legado que le deja, para bien o para mal? ¿Es el impacto de la violencia en una familia? Un buen libro elige un camino narrativo y lo explora a profundidad, en lugar de limitarse a insinuar todos los rasgos posibles de un personaje histórico complejo y multidimensional.

Pablo Escobar, Mi padre será, sin duda, interesante para los fans de la producción literaria sobre el narcotráfico y, tal vez, para aquellos que conozcan poco o nada sobre el capo. Sin embargo, al alejarse de la intención original y no reconocer sus limitaciones, el texto de Juan Pablo Escobar fracasa en mover a la reflexión y ser trascendente.

Bere Gutiérrez
Paseante de Comunicación y Letras Hispánicas, con un respiro de estudios cinematográficos. Casi doce años de experiencia en medios. Con el mismo gusto le leo a los clásicos que a Sherlock Holmes, a Chéjov que al Señor de los Anillos, a la Vita Nuova que a las Crónicas vampíricas.
Con amplio acervo sobre cuentos de hadas y literatura infantil que permanece oculto ante la falta de infantes que lo hagan bien visto por la sociedad.
Le vengo manejando desde el cine mudo hasta las palomeras de superhéroes, pasando por el Ciudadano Kane, las épicas del cine fantástico y las fantasías animadas de ayer y hoy.
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