In Destacada, Opinión

En México se realizan al año más de 100 ferias del libro donde la gente acude en manada como quien acude a divertirse a la feria de Chapultepec. Hay quien lleva en la mano papas fritas, refrescos de lata (predomina la Coca-Cola), golosinas (predominan los cacahuates japoneses). Hay quien, como buen primerizo, se dedica a observar los tantos y tantos libros, hasta que comprende que está en una feria del libro. Y también hay quien acude por la selfie, porque hoy como nunca en la historia una imagen dice más que mil palabras, y de entre las tantas virtudes que posee la presunción de una falsa inteligencia está el de ser complemento de un estatus social que bien permite molestar o ser indiferente con el jodido.

Odio las ferias del libro. Me parecen exhaustas, aburridas, como ir al Waltmart en día de quincena, no falta la señora gorda que se esfuerza en hacer pasar su gran existencia en medio de dos anaqueles repletos de libros tan sólo por conseguir en oferta  la última novela de Roberto Bolaño, quien parece publicar un libro nuevo al mes, mientras de su mano cuelga un niño chamagoso con playera de LittleBigPlanet con un ejemplar de los 14 tomos de La Familia Burrón.

Las ferias del libro son un ejercicio de paciencia. Hay filas que dan la vuelta completa al recinto para comprar el boleto de entrada, filas igual de largas para entrar, filas en cada uno de los stands, filas y filas hasta para salir, cuando te llega la sensación de que no estás en una feria del libro sino en algo parecido a un campo de concentración, donde lo mejor que se puede hacer es obligar a leer.

En parte mi odio tiene que ver con la masificación de la cultura, fenómeno del que primero nos habló Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, y que posteriormente José María Álvarez retoma en “Signifying Nothing”, poema de Museo de Cera: Como hay que entender que los museos/ son la muerte de la Pintura como de alguna forma las grabaciones exterminan.

Me ocurre lo mismo con las ferias del libro que con los museos: hay que esperar en ocasiones más de diez minutos para admirar una escultura tan sólo porque un imbécil jovencito que escucha C-Kan graba todos los detalles con la cámara de su smartphone para luego presumir en el salón de clases que fue a tal exposición, o mejor aún: subirla a su Facebook y darse ese toque repugnante de intelectualidad no sólo propio de jóvenes sino incluso de muchos adultos que acuden a las ferias del libro a exhibirse y vanagloriarse, a la espera de que alguien por fin los reconozca y les pida un autógrafo o una fotografía, con el mismo smartphone de nuestro primer ejemplo.

En las ferias del libro lo que menos se hace es comprar libros. Se va a chismosear con la novia a falta de dinero para el hotel de Tlalpan, a criticar los colores de las portadas, o el tipo de papel, las ediciones y, sobre todo, se va a las ferias del libro a frustrarse, porque no se lleva el dinero suficiente, porque no es raro escuchar comentarios del tipo: “me quedé con las ganas de la última de Murakami”.

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Ni qué decir de las ofertas, libros que las editoriales prefieren sacar de sus bodegas y vender como grandes rebajas antes que tirarlos a la basura, ya que esa es la calidad que tienen. Lo peor viene cuando los profesores creen que el gusto por la lectura llega por ósmosis y obligan a los alumnos a acudir a la feria del libro, a tal conferencia o presentación, con la recompensa de que al presentar su boleto de entrada obtendrán un punto extra sobre la calificación final. Es la misma fórmula del partido político que acarrea gente a un mitín a cambio de una mala torta con el bolillo duro y sin jitomate. Suponen ustedes bien: el alumno odiará las ferias del libro como el acarreado odiará las tortas de jamón.

Mis experiencias en ferias del libro han sido apestosas. En alguna ocasión una amiga presentó su poemario en la feria del libro de minería. La sala donde se realizaría el evento era de las pequeñas, esas donde en cuanto cierran la puerta sientes que te ahogas, como si en lugar de estar en la presentación de un poemario estuvieras en los separos de cualquier delegación. Uno de los presentadores, poeta de mucho renombre, tardó en llegar, por lo que pasados unos cuantos minutos la sala ya era un lugar hediondo donde predominaba el olor a carnitas. Cuando llegó la hora de las preguntas, una vez que cada presentador leyó más de tres cuartillas acerca del fenómeno de la poesía posmoderna en la poesía mexicana, los tantos y tantos asistentes voltearon a verse unos a otros como idiotas, nadie preguntó nada, mi amiga agradeció la asistencia y se dedicó a firmar unos cuantos ejemplares, ya con las puertas abiertas, claro.

A los mirones les deberían de prohibir el acceso a las ferias del libro, aunque aún no se me ocurre qué mecanismo se podría implementar para impedirles el acceso. Rondan por todos los pasillos nada más como observadores. No llevan dinero, y si lo llevan, lo usan para otra cosa, pero jamás para comprar un libro, acaso esperan a que les regalen uno porque traen la barba a lo Crusoe y lentes Ray-Ban de pasta con micas de fondo de botella, porque sujetan el libro como si del manto de la virgen se tratara, preguntan por el precio con voz quejumbrosa, y meten las manos a sus bolsas o a su saco sport para indicarle al vendedor que no tienen dinero, esperan a que éste se acerque y les diga: “me parece que eres el lector ideal para leer la obra completa de Carlos Fuentes”, y se los obsequie junto con 10 separadores de editoriales de superación personal, porque si algo abunda en las ferias del libro son los separadores, quizás salgas sin ningún libro, pero no sin separadores, repartidos como dulces en cada uno de los stands.

Óscar Garduño Nájera
Óscar Garduño Nájera ha escrito en las revistas Replicante, GQ México, Opera Mundi, Forbes México, Crónica 13, Cuadrivio, Molino de Letras, entre otras, así como en distintos suplementos literarios, entre los que destacan Laberinto de Milenio. Participó en la Antología de minificciones “Alebrije de palabras”, editada por la UAP, así como en la antología “Tentación de decir” editada por la UNAM. Gusta de la comida china, odia parte de la literatura mexicana del siglo XXI, a Murakami, Bolaño, Benedetti y Sabines, entre otros, y comete faltas de ortografía por convicción y no por estupidez. Su novela ha sido rechazada en tres ocasiones, su libro de cuentos en una y su libro de ensayos concursa en un premio internacional, donde seguramente tampoco ganará.
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Comments
  • Alejandro Romero

    Excelente, ahora decrétalo en positivo.

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