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Autor: Renata Adler

 

Editorial: sextopiso.

Partamos de una premisa sencilla: la escritura se compone de distintos elementos, pero primordialmente se compone de un pedazo en bruto de la realidad. Digamos que es el whisky de nuestro trago. Sin ésta podemos tener hielos, agua mineral, pero una vez mezclados nos darán por resultado cualquier otra porquería menos nuestro preciado trago. Pongan ustedes la bebida que quieran.

Cualquiera que sea la realidad inmediata del autor, y en el grado de verosimilitud en que se encuentre, si es que atiende a las exigencias de tal o cual género literario, lo que un escritor hace es tomar ese pedazo de su realidad, transformarla y entregar el resultado para que los demás lo juzguen. Si se pone atención a lo anterior podemos llegar a la conclusión de que la literatura es un acto voyerista donde autor y lector son perversos cómplices. De aquí que en ocasiones el escritor acierte; de aquí también que en ocasiones sus libros no pasen de ser un mal chiste, de esos que se cuentan los ñoños a la hora del recreo.

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Me parece por demás atinado que uno de los aspectos que engloba tal ejercicio es la aventura: si el escritor se lanza sin tomar precauciones se le agradece tal acto no sólo de valentía sino de honestidad. Y esto es algo que se siente en la escritura. Dejen ustedes que esté bien escrito o no, hablamos del soporte invisible que se esconde tras de las palabras. Y no es necesario ser un erudito para llegar a tal apreciación, basta con ser un lector atento, con no caer en las mismas trampas a las cuales han recurrido durante años los escritores fraudulentos, aquellos que tan pronto sacan su primera novela o su primer libro de cuentos se justifican con historias absurdas que intentan contar lo que no contaron en el papel.

Son muchas las obras literarias que parten del mismo origen que el de La lancha (Sexto Piso 2015) de Renata Adler. ¿Saben por qué?, pues porque la voz que se utiliza en ellas es la de primera persona y es una de las más recurrentes en la historia de la literatura universal, porque no hay que olvidar que antes que la escritura creativa fuese un medio de comunicación de emociones, existió todo un proceso de oralidad en las narraciones, y nada más práctico que el mismo narrador nos contara sus pesares o sus alegrías por el mundo. De aquí surge una segunda premisa de sobra recomendada para los que se acercan por primera vez a la literatura creativa: el escritor habrá de escribir de aquello que conoce, premisa tan en desuso actualmente gracias a los avances tecnológicos, los cuales para fortuna nuestra, y de la literatura, nos permiten, por ejemplo, escribir un cuento históricamente ubicado en la China antigua sin haber estado ahí.

Sin embargo, La lancha destaca porque tiene sus propios mecanismos narrativos: se cierra sobre su propia propuesta, delimita bien sus espacios tanto temporales como geográficos y va más allá de lo que nos parecería al leer las primeras páginas: un mero recuento anecdótico de una autora que comienza su carrera en la década de los sesenta en la revista The New Yorker.

Debo decir que si me lo preguntaran no sabría qué responder a la pregunta de si La lancha se trata de una novela. Es decir, si se atiende a las características narrativas que debe mantener tal género literario, parecería una locura llamar al libro de Renata Adler así. De entrada ni siquiera nos propone una historia, sino que nos bombardea con fragmentos de varias de ellas agrupadas en siete capítulos, más un posfacio de Guy Trebay, para conseguir como resultado lo que bien podríamos llamar un puzzle narrativo con cada una de sus piezas perfectamente ajustadas.

Hay que decir que Adler tiene una prosa con un excelente ritmo y con una adecuada economía del lenguaje. Como experta narradora sabe cuándo dar al lector largos párrafos de texto y cuándo darle apenas unas cuantas líneas, para así llevarlo de la mano por donde ella quiere, y esto, señoras y señores, es casi un acto de magia que se da muy de vez en vez en la literatura.

Óscar Garduño Nájera
Óscar Garduño Nájera ha escrito en las revistas Replicante, GQ México, Opera Mundi, Forbes México, Crónica 13, Cuadrivio, Molino de Letras, entre otras, así como en distintos suplementos literarios, entre los que destacan Laberinto de Milenio. Participó en la Antología de minificciones “Alebrije de palabras”, editada por la UAP, así como en la antología “Tentación de decir” editada por la UNAM. Gusta de la comida china, odia parte de la literatura mexicana del siglo XXI, a Murakami, Bolaño, Benedetti y Sabines, entre otros, y comete faltas de ortografía por convicción y no por estupidez. Su novela ha sido rechazada en tres ocasiones, su libro de cuentos en una y su libro de ensayos concursa en un premio internacional, donde seguramente tampoco ganará.
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