In Destacada, Reseñas

Autor: Fernanda Melchor

 

Editorial: Almadia

El truco era mantener los ojos abiertos, la mirada fija; no pestañear, no pensar en nada,

especialmente eso: no pensar en el dolor, no pensar en el significado de las palabras.

Contenerlo todo en la garganta y luego tragárselo a buches dolorosos que le dejaban

el vientre inflamado, el pecho oprimido

pero los ojos secos, libres de las abyectas y cobardes lagrimitas.

Fernanda Melchor: Falsa liebre. Almadía 2013.

“Es lo mejor que he leído en los últimos años”. Fue lo que me dijo un joven autor, a quien hoy por hoy considero uno de los mejores autores de la literatura mexicana contemporánea. Nos encontramos en la presentación de una pésima novela de un autor que apenas si consigue escribir algo decente en una que otra columna de una revista digital de la cual él es el director. Ni siquiera sabíamos qué hacíamos ahí. Lo nuestro en ese momento era perder el tiempo.

            Nos mirábamos las caras y nos moríamos de risa. La presentación parecía un evento de campaña de cualquier partido político. Aplaudían todo lo que se tenía que aplaudir. Incluso con los chistes más estúpidos de parte del autor la gente reía.  Sentíamos pena no sólo por el autor, quien al parecer ignoraba su propio fracaso, sino por las condiciones actuales en que se encuentra la literatura mexicana: muchos farsantes que imitan a Bolaño o a Murakami; muchos publirrelacionistas que a la vez son amantes de los farsantes y los llevan a cócteles para que por fin puedan publicar en el sello editorial que siempre han querido; muchos que publican un sólo libro, en una editorial que los estafa y los hace sentir como los mejores escritores de México, y no se les vuelve a ver jamás porque deciden irse a vivir con los publirrelacionistas y aceptar que los engañen dos veces a la semana con un farsante, siempre y cuando también a elos lleven a los cócteles; muchos afeminados que a las primeras se dan por vencidos: no los aceptan en el FONCA, se les acaba la inspiración, los deja la novia o el novio, no pueden con sus adicciones, con sus padres, quienes insisten en que se busquen un trabajo decente en lugar de andar con sus mariconerías, cada vez se masturban más, por lo tanto restan tiempo y energía a su tan vitoreada obra, y se ponen a llorar en cantinas mientras intentan balbucear algo de Bukowski, autor al cual agradecemos, pues de no ser por él y su imagen, por sus estereotipos de comerciales de cerveza, por sus fantásticas y presuntuosas borracheras, así como por sus destellos luminosos en uno que otro verso o relato, ya desde hace mucho tendríamos generaciones completas de jóvenes escritores alcohólicos, drogadictos y perdedores; pero no, gracias a nuestro viejito Bukowski podemos afirmar que buena parte de la literatura mexicana está bajo su influencia, al menos si no en teoría, sí en la práctica.

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Los quejosos de siempre. Los que dicen que nadie les publica pero a nadie han enviado sus trabajos. Sobran de esos en la literatura mexicana. También los que se reparten el botín. Los que conforman una mafia que para bien de las letras está por extinguirse, pues la edad está acabando (algunos ya pasan de los ochenta) con los autores que la conformaron a mediados de la década de los sesenta. Sí, se están muriendo, y con ellos morirá una parte de la historia de la literatura mexicana. Esa fue la primera ocasión que me enteré de la novela de Fernanda Melchor. Por supuesto que no le creí a mi amigo, quien prometió prestármela. Luego nos distanciamos.

La primera sensación que tuve al leer Falsa liebre de Fernanda Melchor es que lo que tenía en esos momentos entre mis manos no era una novela como tal sino un guion cinematográfico inédito en uno de los cajones de un viejo secreter de Luis Buñuel. Mi principal referencia la tuve clara desde el inicio de la lectura, luego de concluir el primer capítulo: Los olvidados. Ustedes me dirán que Dickens aplica mejor. O tal vez José Revueltas. Si nos vamos más atrás algo de Benito Pérez Galdós o de Zolá. Lo cierto es que tal sensación se debe a los personajes que Fernanda Melchor nos presenta. Corren en paralelo con la obra fílmica de Buñuel en cuanto a la miseria que los acecha a cada momento, en cuanto a que el destino funciona tal y como lo admiraron los griegos a través del fátum, del hado o del sino: ese poder que alcanza a rebasar la condición humana para conducir al hombre a lo inevitable, en clara oposición al libre albedrío: no haces lo que se te antoje, ni eres capaz de hacerlo, sino que te callas y aceptas aquello que está escrito para ti.

            Los personajes de Fernanda Melchor en Falsa liebre no mienten: te muevas hacia donde te muevas, hagas lo que hagas, cargas sobre ti no sólo un pasado que te empuja al presente como si éste se tratara de un acantilado (aquí ocurre el final de la novela), sino que, además, no podrás librarte de él. Por eso mi paralelismo con los personajes de Los olvidados de Buñuel. Por eso un Jaibo, un Ojitos, un Cacarizo, un Julián versus un Andrik, un Zahir, un Pachi, un Tacho. Personajes del todo complejos, tal y como los requiere una buena novela, y sin duda Falsa liebre lo es.

            No es que estemos tan acostumbrados a la miseria de algunos de los sectores más desprotegidos de nuestra sociedad, sino que en ocasiones hace falta un lente distinto para asomarnos a las terribles atmósferas donde se desenvuelven, sumergirnos como espectadores morbosos (porque en el fondo somos eso en la novela) y admirarnos frente a los sueños frustrados de Pachi, quien espera recuperar parte de su masculinidad en Pamela, su esposa, quien está embarazada y de quien Pachi espera ahora sí tenga ese hombre que tanto le hace falta, y al cual asegura no consentirá como Pamela lo hace con su hija sino que lo hará machito a fuerza de madrazos.

            No hay vidas tan grises como las de Pachi y Vinicio. Cada quien con su propia historia, se juntan para compartir caguama y toque de marihuana, pero también comparten anhelos truncos, aquello que quizás pudieron llegar a ser. En un momento de la novela, Fernanda Melchor recurre al perspectivismo literario (recurrente desde el Quijote de la Mancha) y nos cuenta una historia dentro de otra historia, a manera de matrioskas, valiéndose de Pachi como narrador cuando Vinicio le pide que le cuente algo, porque, a semejanza de Sherezade, Pachi puede dejar de ser dibujado si no entretiene a su amigo con la historia “del Capezzio, del desmadre del sábado”:

“- ¿Pero qué quieres que te cuente?- rezongó Pachi.

            Fumaba sobre la cama, con la cabeza apoyada en la pared y el cenicero sobre el pecho desnudo.

            Vinicio fingía no mirarlo.

– Lo que tú quieras”.

            Y aquí se conforma una de las partes más interesantes de la novela, ya que mientras el Pachi cuenta lo del desmadre, para lo cual Fernanda Melchor se vale de un narrador en primera persona, otro narrador, este en segunda persona, se encarga de hacer uso de flasbacks y flashforwards para revelar los origenes oscuros de Vinicio y la relación que mantiene con una desesperada madre, lo cual conducirá a los dos personajes a la otra historia, y justo es en ese entrecruzamiento donde tiene lugar el desenlace.

Fernanda Melchor llega en momentos en que la literatura mexicana carece de autores destacables. Y si de mujeres se trata, la cosa se pone peor. Son muchas las que se empeñan en escribir bajo los mismos estereotipos de siempre. Hablan de la jardinería de sus abuelitas y del chocolatito caliente y los meados de los pajaritos en los arbustos. O de los hombres y lo qué significa ser mujer en una sociedad donde predomina el machismo a la vez que lo fomentan con textos donde ellas mismas se describen como objetos. Hablan de los precios de las rosas y los tulipanes. Autoras cuarentonas o cincuentonas que se estancaron con falsas propuestas narrativas porque el mundo que aprecian sigue siendo el mismo que el de Rosario Castellanos: mujer que sabe latín…

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He aquí uno de los elementos más importantes de Fernanda Melchor: propone, tiene la pluma suelta, sabe de lo que habla, es cuidadosa con cada una de las palabras y, por supuesto, sabe narrar, al grado que consigue romper con una tradición literaria feminista para ofrecer lo que tiene, y sin duda lo que tiene dará mucho de qué hablar, yo estoy seguro de ello.

Óscar Garduño Nájera
Óscar Garduño Nájera ha escrito en las revistas Replicante, GQ México, Opera Mundi, Forbes México, Crónica 13, Cuadrivio, Molino de Letras, entre otras, así como en distintos suplementos literarios, entre los que destacan Laberinto de Milenio. Participó en la Antología de minificciones “Alebrije de palabras”, editada por la UAP, así como en la antología “Tentación de decir” editada por la UNAM. Gusta de la comida china, odia parte de la literatura mexicana del siglo XXI, a Murakami, Bolaño, Benedetti y Sabines, entre otros, y comete faltas de ortografía por convicción y no por estupidez. Su novela ha sido rechazada en tres ocasiones, su libro de cuentos en una y su libro de ensayos concursa en un premio internacional, donde seguramente tampoco ganará.
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