In Destacada, Opinión

Es de los títulos más llamativos de la literatura mexicana de mediados del siglo XX: El libro vacío. De entrada a mí el título me parece toda una contradicción. Es como hablar de rascacielos sin ventanas en Nueva York. Qué disparate. Pero los mejores momentos literarios ocurren en medio de disparates. No hay que olvidarlo. Por eso lo mejor es callarse frente al título. Sumen “vacío” más “silencio”. Son como palabritas hermanas que se toman de la mano para jugar con nosotros.

En 1958 se publica por primera ocasión la novela El libro vacío, hasta antes de ello su autora, Josefina Vicens, era conocida como guionista de televisión y cine, donde se le atribuyen más de noventa guiones cinematográficos, entre los que destacan Las señoritas Vivanco (1959), dirigida por Mauricio de la Serna; Los perros de Dios (1974), dirigida por Francisco del Villar, y Renuncia por motivos de salud (1976), dirigida por Rafael Baledón.

La historia nos refiere que el proceso creativo de El libro vacío inició a partir de una obsesión de la autora y, aunque en un primer momento Josefina Vicens declara que escribir la novela le llevó cinco años, no es sino hasta 1985, durante una entrevista con Marco Antonio Campos, que confesó que en realidad fueron ocho los años que tardó en escribir El libro vacío. Luego puntualiza: “como estaba tan insegura escribía un capítulo, unas hojas, las guardaba en un cajón, las volvía a ver a los tres meses, las leía y me decía: ‘pero qué cosa tan horrible’. Y rompía las hojas y empezaba de nuevo”.

Aunque entre una y otra obra hay tres años de distancia me parece prudente señalar las similitudes y las diferencias de Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo, con las de El libro vacío (1958) de Josefina Vicens, ya que las dos novelas se centran en un solo personaje. En el caso de la primera es Pedro Páramo; en el caso de la segunda es José García. Mientras uno pertenece al ámbito rural, con todo lo que significa un microcosmos narrativo como éste, el segundo pertenece por completo al ámbito urbano, lo que determina la problemática a la que José García debe enfrentarse como padre de familia, circunstancias que también serán determinantes para detonar la anécdota principal de la novela, en este caso la del hombre que se ve imposibilitado para escribir su historia.

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Josefina Vicens observa la realidad a la manera de algunos naturalistas españoles. No desean transformarla. Ni siquiera infuir en ella. Sólo copiarla. Buscan materia prima para sus historias, porque si algo nos queda claro es que buena parte del arte de narrar viene de la observación: “muchos años viajé en camión y acababa rendida. No del recorrido, sino de la mente, porque a cada pasajero le quería inventar su historia. Por ejemplo, veía a una señora y pensaba: ‘¿cómo se llamará? Domitila, Engracia, Conchita. No sé. Como trae una canasta, debe venir del mercado donde habrá regateado, genialmente, para conseguir las cosas más baratas. Esa joven, ¿qué hará?, estudiará, trabajará, tendrá aspiraciones de llegar a más, tendrá novio y su único deseo será entrar a formar fila de las abnegadas mujeres mexicanas, o salir de ello y entrar a un mundo, un mundo nuevo, que a ella le pertenezca, a ella” (UTEC, 1986).

Son distintas las facetas creadoras de Josefina Vicens y, sin embargo, consigue tal dominio en cada una de ellas que incluso las llega a combinar. Por ejemplo, recurre a los seudónimos de Diógenes García y Pepe Faroles para entregar distintas columnas periodísticas. “Trabaja en varias oficinas dependientes del gobierno, se involucra en la política (es cardenista). Le gustan los toros, la plaza, los domingos a las cuatro de la tarde. Escribe en la prensa bajo dos seudónimos: Pepe Faroles y Diógenes García. ¿Un botón? En Torerías, revista cuyo gerente y colaborador era Pepe Faroles… Diógenes se encarga de la política” (Brenda Lozano: “Josefina Vicens”. Letras Libres, noviembre 2011). Por su parte, Arturo G. Canseco nos señala que “la peque” (como era conocida Josefina Vicens) se “agrega a la escuela del silencio, ésa que publica poco y lee mucho, que poda cada letra que crece en su patio” (Arturo G. Canseco: Revista Cuadrivio, julio 2011). Una poderosa imagen respecto a lo que en ocasiones llega a provocar el silencio en algunos autores. Yo me la llevo. ¿En qué momento un autor acepta que es suficiente, que ha escrito lo que tenía que escribir y punto? Qué se jodan los que creen en la inspiración. O en la responsabilidad con el ejercicio de la escritura. Pienso en tantos escritores que en algún momento deciden, como señala Maurice Blanchot, desaparecer. Si se sigue a Foucault, podemos afirmar que ceden a lo que significa la muerte del autor para que su obra consiga independizarse de cualquier proceso creativo que mantenga una relación directa o indirecta con el autor. Queda la obra. Eso es lo que nos importa. Por ejemplo, Philip Roth. Tras publicar 31 novelas, en 2012 confirmó su decisión de dejar la literatura. Lo hace con la tranquilidad de quien se tira a dormir en la playa, bajo una sombrilla: escribí lo que tenía que escribir, las 31 novelas están ahí, intenten ir por más, yo me pongo a bostezar, parece que nos dice. En el caso de Josefina Vicens, Brenda Lozano nos cuenta que en una ocasión llega Juan Rulfo a su casa, “beben tequila juntos. Esa noche Rulfo la reta a escribir otro libro, ella le responde así: ‘Juan, ¿por qué no escribes otro libro?'”. La respuesta a la pregunta de Juan Rulfo la encontramos en una entrevista que Josefina Vicens da a Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo: “ese problema de escribir y el no escribir, por los motivos que José García (personaje principal de El libro vacío) expresa, es completamente autobiográfico; no es una invención, es una cosa sentida por mí y que he padecido y sigo padeciendo. Mi producción es escueta y creo que se debe precisamente a eso. Entre El libro vacío y Los años falsos (su segunda novela) escribí otro libro que rompí porque no me gustó en lo absoluto. Era la historia de un hombre desahuciado, y el texto intentaba ser algo así como un término de vida. Soy muy inconforme, nunca tengo la seguridad de que lo que escriba vaya a valer (y no estoy usando falsa modestia, por favor, creánmelo, es una sensación absolutamente personal y verídica; muy dolorosa además)… por eso tardo mucho en decidir si estoy satisfecha con lo escrito” (Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo: Josefina Vicens: la inminencia de la primera palabra, México, Ediciones sin Nombre/ El Claustro de Sor Juana, 2009).

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En cuanto a las características de la narrativa de Josefina Vicens podemos asegurar que posee una prosa exacta de aliento breve en cuanto a su extensión, donde predomina el empleo de frases cortas escritas casi de manera temerosa. Eso sólo nos demuestra la exigencia con que la autora sopesa cada palabra. “Cuando mi amigo Emmanuel Carballo me pidió que en tres cuartillas contestara a las preguntas ¿por qué escribo?, ¿para qué escribo?, y ¿cómo escribo?, me di cuenta que hay una parte de mí por la que el tiempo no ha transcurrido; una parte inmóvil, petrificada. O mejor: una parte convencida y creyente. ¿Cómo escribo? Pues como trata de explicarlo mi José García: ‘mi mano no termina en los dedos: la vida, la circulación, la sangre se prolongan hasta el punto de mi pluma” (Vicens, 1978).

José Emilio Pacheco señala que “la década de los sesenta en la literatura mexicana contemporánea se adelantó, y sitúo 1958 (recórdemos que en este mismo año se publican novelas tan destacables como La región más transparente de Carlos Fuentes, o el mismo El libro vacío de Josefina Vicens) como su año axial por múltiples razones” (Armando Ponce: “José Emilio Pacheco: 1958, el año axial”. Revista Proceso, 4 de febrero 2014).

En cuanto a estructura narrativa y complejidad en la trama, así como por la solidez de sus personajes prefiero la segunda novela de Josefina Vicens, Los años falsos, aunque no por eso resto mérito a El libro vacío, en cuya primera edición francesa (1963) se incluye una “Carta Prefacio de Octavio Paz” que dice lo siguiente: “Recibí tu libro. Muchas gracias por el envío. Lo acabo de leer. Es magnífico: una verdadera novela. Simple y concentrada, a un tiempo llena de secreta piedad e inflexible y rigurosa”.

Repito: hay que acercarse con cuidado a la obra de Josefina Vicens. Parte de la comprensión total de la novela radica aquí. En El libro vacío estamos frente a un escritor en ciernes: José García. No es broma el nombre y apellido tan comunes que la autora escoge; de entrada sabe que con lo anterior conseguirá que el lector se familiarice con él, y esa es su primera estrategia narrativa. Pero lo que menos hace José García es escribir. Dígamos que no lo hace con la entrega y la disciplina que él quiere. Y todo se complica en cuanto él más se exige y busca dar con la primera frase de lo que considera será su obra maestra. Porque quien sabe de esto, acepta que en las buenas novelas es importante la primera frase, la cual puede venir cargada de luz o de oscuridad. Por eso el “vine a Comala”. Por eso “en un lugar de la Mancha”. Y José García sabe que dar con la primera frase de lo que se propone escribir no es tan sencillo, por lo que recurre a dos cuadernos, uno que hace de borrador y otro donde intenta pasar las primeras frases, sin que lo logre, y es así como esta segunda libreta queda no sólo vacía, sino que estructura su frustración.

En algún momento de la novela parece que José García se dará por vencido. No tiene caso hacerse de ilusiones si ni siquiera consigue dar con la primera frase de lo que desea contar. Es cuando descubrimos más de su realidad inmediata: los avatares de una familia mexicana de clase media. Parece que José García nos dice que otros son los que deben batallar con sus fantasías para llevarlas a cabo. Que otros sean los que dejen volar su imaginación hasta dar con esa maldita primera frase. Aquí viene uno de los mejores hechizos de la novela: cuando José García parece que se da por vencido, se admira de esa realidad inmediata, y una vez que la asume también la transforma. El hecho es que José García no deja de escribir y en algún momento nos preguntamos si Josefina Vicens no nos está tomando el pelo con alguien que quiere escribir, se queja de que no lo hace, pero igual termina por hacerlo. Sin duda, en ocasiones las historias más hermosas están ocultas tras de hechos sencillos.

Óscar Garduño Nájera
Óscar Garduño Nájera ha escrito en las revistas Replicante, GQ México, Opera Mundi, Forbes México, Crónica 13, Cuadrivio, Molino de Letras, entre otras, así como en distintos suplementos literarios, entre los que destacan Laberinto de Milenio. Participó en la Antología de minificciones “Alebrije de palabras”, editada por la UAP, así como en la antología “Tentación de decir” editada por la UNAM. Gusta de la comida china, odia parte de la literatura mexicana del siglo XXI, a Murakami, Bolaño, Benedetti y Sabines, entre otros, y comete faltas de ortografía por convicción y no por estupidez. Su novela ha sido rechazada en tres ocasiones, su libro de cuentos en una y su libro de ensayos concursa en un premio internacional, donde seguramente tampoco ganará.
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