In Destacada, Reseñas

Autores:

Diego Enrique Osorno

Javier Valdez Cárdenas

Nel San Neldy San Martín

Leunam LC Manuel Larios

Alejandro Sánchez

Wilbert Torre

Alejandro Almazán

José Luis Valencia, compilador, autor e instigador.

 

Editorial: Rayuela editorial.

Primera observación: este libro no tiene nada del supuesto movimiento literario llamado “infrarrealismo”, así que si esperan encontrar anécdotas tediosas de Roberto Bolaño y los tantos cigarros de marihuana que se fumó frente a los poemas de Octavio Paz, o de un choteado Santiago Papasquiaro, quien hasta la fecha es símbolo literario de quien carece de todo símbolo literario, están en el libro equivocado, no lo adquieran, no merecen una edición tan bien cuidada como la que nos ofrece Rayuela, diseño editorial.

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Tampoco es el cuento de los tres cochinitos, por lo que no nos ajustaremos a un solo lobo: son nueve los autores que llegan hasta nuestras manos en Demasiados lobos andan sueltos (Rayuela, diseño editorial 2014), comparten el trozo de realidad que les tocó por carnada (acaso materia primigenia de la crónica), y juegan a atrapar el pez en el riachuelo de las incertidumbres históricas, pues eso y no otra cosa demanda la crónica.

Este libro da cuenta de algunos de nuestros mejores crónistas actuales, género literario que goza de una larga tradición en nuestro país desde la Conquista; también nos da la oportunidad de conocer el trabajo de las nuevas plumas mexicanas, como es el caso de Manuel Larios y su bien estructurada crónica del incendio de la guardería ABC, “Guardería ABC: un héroe en el olvido”, tema sensible de llevar; de Nel San Martín, con una mediana crónica, “Un vaquero rock en Ecatepec”,  que, a mi parecer, iba para anécdota que le habría dado un buen cuento o una buena novela, y que el mismo autor se debería plantear para un proyecto a futuro; y José Luis Valencia, con una amplia y bien documentada crónica (“Morir no cuesta nada. Radiografía del negocio de la violencia en Honduras”) de la delincuencia, la impunidad y la corrupción en Honduras (a mi gusto de las mejores crónicas del libro); hasta las plumas ya “conocidas”, como es el caso de Diego Enrique Osorno, quien sigue puntual, con la experiencia que caracteriza a sus trabajos, las huellas de un padre que repentinamente pierde a su hijo en el incendio de la guardería ABC (“Yo soy culpable. ¿Qué es capaz de hacer un padre tras la absurda muerte de su hijo?”); la de Alejandro Almazán, quien no sólo no convence con una crónica repleta de lugares comunes (el niño, el informante, etc.) y presuntuosa hasta en el título (“Acapulco Golden”), sino que el juego que pretende imponer con los tiempos verbales del texto más que sorprendernos nos confunde, nos deprime o nos aburre; más el excelente seguimiento acerca de los inicios de las autodefensas en Nueva Italia, Michoacán, por parte de Alejandro Sánchez (“Yo, autodefensa. Así expulsamos a los Templarios”); una más de las tantas historias del narcotráfico a cargo de Javier Valdez (“El delito de no ser narco”), y el testimonio del Padre Rayito de Juan Carlos Reyna (“El exorcista antisecuestros”), así como lo que para mí es otra de las mejores crónicas del libro: un equilibrado y trágico trabajo de Wilbert Torre Ramírez con el atentado en contra de las Torres Gemelas (“El bombero que nadie llamó”).

Los lectores tienen distintas posibilidades para entrarle a Demasiados lobos andan sueltos. Crónicas infrarrealistas. La primera de ellas es leer el libro de principio a fin, lectura que yo hice; la segunda es leer de principio a fin saltándose la horrorosa, panfletaria y cursi introducción (lectura que me arrepentí de no haber hecho); y la tercera, abrir el libro en el índice y dejarse llevar por los títulos de las crónicas (última de mis dos lecturas).

Óscar Garduño Nájera
Óscar Garduño Nájera ha escrito en las revistas Replicante, GQ México, Opera Mundi, Forbes México, Crónica 13, Cuadrivio, Molino de Letras, entre otras, así como en distintos suplementos literarios, entre los que destacan Laberinto de Milenio. Participó en la Antología de minificciones “Alebrije de palabras”, editada por la UAP, así como en la antología “Tentación de decir” editada por la UNAM. Gusta de la comida china, odia parte de la literatura mexicana del siglo XXI, a Murakami, Bolaño, Benedetti y Sabines, entre otros, y comete faltas de ortografía por convicción y no por estupidez. Su novela ha sido rechazada en tres ocasiones, su libro de cuentos en una y su libro de ensayos concursa en un premio internacional, donde seguramente tampoco ganará.
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