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El ritmo. Es lo primero que le aprendes a algunos autores. Como buenos maestros de baile. A mí que me cuesta tanto mover las piernas y que más bien soy torpe de no estar borracho. El ritmo. No sólo fecunda en la poesía, aunque probablemente es en este género literario donde más se le puede apreciar. Por eso la acentuación. Por eso un soneto no es lo mismo que un octosílabo. Por eso un poeta clásico no es de ninguna manera lo mismo que un poeta malo de los que hoy por hoy abundan y hasta becas y premios se disputan: carentes de ingenio se conforman y justifican sus poemas con algo tan estúpido como lo que ellos creen es “verso libre”, sin saber que quienes son realmente libres son ellos… pero de la inteligencia y de la agudeza que se disfrutan tanto en un buen poema.

Y miren que con autores como el que hoy nos trae a cuento perdemos mucho con las traducciones. La traducción de grandes obras literarias es un monopolio donde tan sólo algunas editoriales participan. Por supuesto, cuestión de dinero. Pagas los derechos por La Iliada, luego le encargas la traducción a un estudiante con el estómago vacío; como editorial tienes que hacer negocios, se entiende, por lo que le pagas una miseria y ya está: desde su cuarto de azotea aquel estudiante te deshace, y jura que en su vida volverá a leer La Iliada, lo que en realidad nos quizo transmitir el autor. Por eso es lamentable que actualmente el mercado editorial mexicano pertenezca en realidad a dos o tres editoriales transnacionales, que en su afán por obtener ganancias descuidan los criterios de publicación y colocan cualquier porquería de libro en la mesa de novedades, y si viene con adaptación fílmica, mucho mejor. Cuánto nos habremos perdido con las traducciones de los grandes es un tema que da para otro texto.

No hay otra manera para detectar el ritmo. Se engañan quienes ven en los procesos de lectura en voz alta síntomas de una persona incapaz de leer; todo lo contrario, si bien sabemos, la lectura en voz alta desapareció en el siglo XV, y uno de los primeros testimonios de la lectura silenciosa nos lo proporciona San Agustín, quien se asombra de ver a San Ambrosio leyendo en soledad y absoluto silencio: “cuando leía sus ojos se desplazaban sobre las páginas y su corazón buscaba el sentido, pero su voz y su lengua no se movían”.

Tampoco hay otra manera para dejarte seducir por la prosa de un autor. Si la lectura tiene sus origenes en la lectura en voz alta es ahí donde tenemos que regresar para apreciar la obra con un enfoque distinto hasta dar con la propuesta rítmica del autor. No es necesario advertir al lector que apenas comienza en estos ejercicios respecto a la importancia de la respiración tanto de las palabras como de los signos lingüísticos. Habrán de sostenerse las pausas necesarias en las comas, en los puntos y aparte, en los puntos y seguidos, en los puntos y comas, etcétera, así como definir correctamente la sonoridad del acento de la palabra.

Alessandro Baricco no es el mejor de los autores italianos si se le compara con  los tantos que ha aportado la literatura de ese país. Pongan ustedes el nombre que quieran. A mí ahora se me ocurre un gran Italo Calvino. Lo cierto es que tras su extensa obra literaria, Baricco ha conseguido labrar una propuesta narrativa sólida que sí destaca al menos de los autores de su generación. Hay tanto por aprender de él. Veamos.

Baricco sopesa cada palabra que emplea. Si se miran las características de su prosa comprobaremos que es sencilla, no presuntuosa, de frases cortas, sujeto, verbo, más complementos, y de extensión limitada, aunque tiene una que otra novela que superan las 200 páginas, Occeano Mar, City, por ejemplo. Y si una lección sacamos de esto es que una de las vías para llegar a una propuesta rítmica es no complicarse tanto la vida y regresar a las primeras clases de español. Porque a lo anterior se suma la claridad en el texto. La diferencia entre lo que pensamos y lo qué queremos decirle al lector. Ahí la escritura de, por ejemplo, Rubén Bonifaz Nuño, quien acaso es de los pocos que en realidad consigue ordenar sus ideas, volverlas breves y aventarlas sobre la hoja en blanco sin temor alguno.

Hay autores que recurren a párrafos gigantes, incomprensibles y, lo que es peor, ilegibles. Baricco no va por ahí. Es como si dudara a cada momento de su propia escritura. Como si por un momento lo volviera a consumir esa inseguridad del novato. Además de que tengo entendido que cada una de sus obras las reescribe una y otra vez hasta que tengan el sonido que él requiere. Me atrevo a señalar que algo tiene que ver con la música, pues Baricco es un gran melómano, y en sus propuestas de una literatura experimental admira la obra literaria como una gran obra musical.

Si algo te rompe en Baricco es la propuesta de la anécdota, ya que por lo regular éstas son disparatadas y surrealistas. A final de cuentas, como buen novelista, él sabe que todo lo que se proponga un autor puede ocurrir dentro de la novela siempre y cuando esté bien planteado y exactamente justificado, motivo por el que Baricco nos presenta a un hombre que vive toda su vida dentro de un barco (Noveccento), un escritor que tras una serie de exitos se retira para escribir retratos (Mr. Gwym), un naufragio que nunca culmina y que a cada momento se vuelve mucho más cruel (Occeano Mar), o una tierna historia de amor de adolescencia que termina por destruir su entorno, incluso la felicidad (Emaús).

Dos tendencias marcan la obra de Baricco: las anécdotas y los personajes. Hagan ustedes el recuento de ellos. Encontrarán desde pistoleros sangrientos, enamorados viajantes e incluso a un padre que en mucho se parece al padre Brown de Chesterton.

La otra parte de Baricco son las lecciones que él mismo imparte de escritura en una escuela que funda en Turín y que lleva por nombre “Holden” en homenaje a Salinger, la cual a su vez funda la Asociación Europea de Programas de Escritura Creativa (EACWP). Baricco a aceptado en más de una ocasión que los narradores pueden fabricarse en las escuelas, y una de las primeras actividades que el alumno debe realizar una vez que entra es subir montañas, hacer mucho deporte y caminar y caminar al compás de la música. ¿No les parece un poco disparatados?, es decir, te inscribes en una escuela de escritura y lo primero que piensas es que se te pondrá a escribir y leer como loco. ¿Pero subir montañas?, ¿hacer mucho deporte?, en cualquier caso pensaríamos que nos están tomando el pelo o que nos hemos inscrito a un curso de ejercitadores físicos. Bien, pues el motivo de tales actividades, a decir de Baricco, es que los jóvenes narradores primero tienen que encontrar su propio silencio para posteriormente conseguir su ritmo de escritura. Por eso la música es lo que es. También el sonido de la palabra ya sea oral o escrita. Por eso el sujeto más verbo más complemento cuando apenas nos estamos acercando a un idioma. Pero antes que todo eso, mucho antes, el silencio, porque es ahí donde aparte de encontrar nuestro propio ritmo de prosa, nos encontramos a nosotros mismos y eso, para los tiempos que corren, ya es mucho decir.

 

Óscar Garduño Nájera
Óscar Garduño Nájera ha escrito en las revistas Replicante, GQ México, Opera Mundi, Forbes México, Crónica 13, Cuadrivio, Molino de Letras, entre otras, así como en distintos suplementos literarios, entre los que destacan Laberinto de Milenio. Participó en la Antología de minificciones “Alebrije de palabras”, editada por la UAP, así como en la antología “Tentación de decir” editada por la UNAM. Gusta de la comida china, odia parte de la literatura mexicana del siglo XXI, a Murakami, Bolaño, Benedetti y Sabines, entre otros, y comete faltas de ortografía por convicción y no por estupidez. Su novela ha sido rechazada en tres ocasiones, su libro de cuentos en una y su libro de ensayos concursa en un premio internacional, donde seguramente tampoco ganará.
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