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Autor: Hilario Peña

Editorial: Mondadori

Hay algo claro acerca de la literatura mexicana de los últimos años: existe una sobresaturación acerca del tema del narcotráfico. En días pasados, el escritor argentino Martín Caparrós señalaba de rozón este tema. Comentaba que ahora la literatura latinoamericana era narcotrafico+Bolaño.

Con esta sobresaturación, cuenta entonces, la forma en que el tema es abordado para que pueda tener cierta trascendencia.  

Hilario Peña, escritor tijuanense, mantiene una ligera frescura, y hasta cierto punto, originalidad, a la hora de abordar el tema. Chinola Kid (México, 2012) cuenta la historia de un narcotraficante que decide cambiarse al lado de la justicia: se vuelve comisario de un pueblo olvidado y en ruinas debido al pleito encarnizado entre dos bandas de mafiosos llamado El Tecolote, pueblillo ubicado en Sinaloa.

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La intención del escritor es concebir un relato de western moderno y la idea no suena descabellada. Como muchas historias del viejo oeste, los pueblos asediados por la barbarie sólo pueden ser rescatados por personajes muy particulares: outsiders que se vuelven del lado de la ley, cansados de la injusticia y del dolor del pueblo, hombres de pocas palabras, hábiles con el revólver, inteligentes y buenos para montar a caballo. A menudo, muchos de estos hombres, pertenecieron al lado contrario de la ley. Recordemos películas como Jóvenes pistoleros o Los imperdonables.

No resulta inverosímil, que un narcotraficante pudiera entonces, volverse del lado de la justicia, para rescatar a un pueblo sumido en la desgracia. El problema es que la transición del protagonista creado por Hilario Peña se siente apresurada, y en algunos momentos, caricaturizada. Por poner algún ejemplo, la forma en que el nuevo comisario se envuelve con la esposa de uno de los líderes de la mafia del pueblo se siente forzadisima y poco creíble. Sucede en unas cuantas líneas.Parece que Peña tiene prisa en terminar su relato. Personajes que pudieron tener mayor profundidad son desechados rápidamente. El ejemplo más claro es el de Felipe Román y el de su sobrino: personajes que  merecían mejor tratamiento son dejados de lado para dar paso a otros acontecimientos.

Reconozco que estuve a punto de deshacerme del libro hacia la mitad de éste, pues  encontré chistes demasiado básicos -como traídos de la escuela de Chespirito. Un viejo amigo de Rodrigo Barajas -nuestro protagonista- recibe el nombre de Eduardo Cota. (Quién haya recordado al Doctor Chapatín, a Los caquitos y al Chapulín colorado, sabrá perfectamente que fue uno de los chistes que el chaparrillo de Roberto Gómez Bolaños agotó hasta el cansancio).

Me armé de paciencia y seguí la historia y, hacia el clímax -ahí donde el encanto de Rodrigo Barajas se va terminando- el libro tomó su mejor momento y ahí sí, pudo moverse como los mejores westerns lo hacen. El hombre solitario, traicionado por todos, con el mundo en su contra, acorralado en contra de bandidos  mejor armados que él.

Pero otra vez: justo en ese punto climático, da la impresión de que a Peña le ganó de nuevo la flojera. La resolución es apresurada  y  por lo tanto,anticlimática. Quizá con más paciencia, Peña pudo haber entregado un material más redondo, e incluso memorable. Lástima, la idea no era mala. Y por favor, alguien recomiendele otros comediantes además de Chespirito.

Moisés Navarro
Moisés Navarro. Guadalajara, Jal. Escribe crónicas y ensayos. Le gusta el basquetbol y por las mañanas escucha a Bruce Springsteen.
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