In Destacada, Opinión

Nadie sabe cómo surgen. Su compleja filosofía existencialista nos permite afirmar que parece que no existen pero ahí están. Hasta en las librerías de usado son de las más buscadas; y no se diga por parte de los que estudian letras (si es que quedan), se las tienen que soplar de tarea tanto para la literatura española del siglo XIX, como para la literatura mexicana del siglo XX. Por ellas, muchas se enamoraron de Jaime Sabines. Otro tanto lo hizo de Benedetti. Y no hablemos de Neruda.  Supongo que muchos tienen alguna idea. Se trata de una generación espontánea que se imprime en papel para perpetuar los lazos amistosos o amorosos. Vayan ustedes a saber. El hecho es que están en la mesa de novedades de las librerías.

Hay unas que son horrorosas desde el título; otras lo son desde los primeros autores que se incluyen. ¿A quién diablos se le ocurrió una idea tan imbécil? Desde la mesa de novedades parece que nos enseñan sus colmillos y amenazan a los lectores incautos. Y no sea crean, hasta tienen su famita. Sobre todo las de poesía. Más de dos estúpidos se han peleado para aclarar si es buena o mala tal antología. Si ustedes se asoman y echan un vistazo a la década literaria de los sesenta, se enterarán a lo que me refiero.

Para algunos, las antologías literarias nunca pasan de moda; otros, en cambio, entre los que me incluyo, pensamos que sí pasan de moda, se vuelven anticuadas y hay un momento en que sólo nos alcanzan a ofrecer una empapada de lo que fue la producción literaria en un momento determinado.

No se compliquen las cosas ni se rompan la cabeza como lectores. Dejen esa labor para los eruditos literarios que van con una inagotable presunción mientras hablan de la antología que a ellos les tocó coordinar o en la que participaron.

Una vez que dejamos el tema de la utilidad de las antologías literarias, pasemos a otros asuntos, ¿cómo es que se hace una antología del género que ustedes escojan? Vamos por partes. Las antologías por lo regular vienen precedidas de un prólogo donde se nos intenta explicar lo que motivó a la realización de la misma. Si es que hubo criterios a la hora de escoger a los autores, cuáles fueron; si es que se realizó la selección conforme a las vanguardias generacionales de Ortega y Gasset, también; si es que existió una temática previamente acordada para que los autores se ciñeran a escribir únicamente de, por ejemplo, el largo de la cola de los perros maltés en la Ciudad de México, también. Lo cierto es que en la mayoría de las ocasiones no ocurre así. Y lo que es peor: al lector se le hace creer que lo que tiene entre sus manos, una antología de poesía, de cuento, de mini ficciones, es un riguroso trabajo donde sólo intervinieron los criterios objetivos, los cuales nos permiten determinar si un poema o un cuento entran a tal antología o si es mejor dar las gracias al autor por participar y recomendarle que siga publicando en su muro de Facebook, donde por cierto es famoso por contar con un buen número de likes.

Veamos lo que al menos el que esto escribe ha visto tras de las bambalinas de cualquier antología. En la mayoría de las ocasiones, las antologías surgen como meras ocurrencias en los lugares menos pensados, ya sea en una cafetería de café asqueroso, ya sea en una cantina de mala muerte, ya sea en los XV años de la prima que terminó embarazada antes de cumplirlos, o en la boda a la que otro amigo de un amigo nos invitó. La cosa es que antes de llegar a la noción de una antología, las ideas comienzan a surgir como si fuesen conejos saltando de la chistera de un mago que por borracho la descuidó.

Meras ocurrencias, si me preguntan. Muchos se preguntan cómo es que tantos autores consiguen ponerse de acuerdo en el tema que se va a tratar. Otra más: cuando se realiza una convocatoria, ¿en realidad se leen todas las propuestas que llegan o se quedan con las que llegan con su estrellita en la frente? ¿Por qué se insiste tanto en vender una antología como un producto literario que fue hecho con todo el rigor cuando en realidad están los compadres, las comadres, que el día de la presentación, además, tienen el gusto de hacer una fiestecita privada, platicar de literatura y, por qué no, armar la siguiente antología?

Hay de antologías a antologías y algunas también pueden ser un buen negocio. Intentaré explicarles cómo es que funcionan sin que por ello, espero, se me vaya a tratar como delincuente. En el mercado editorial de hoy en día proliferan, como cucarachas debajo de un grasiento refrigerador, muchas editoriales independientes, que dan cabida a las frustraciones de tantos y tantos autores (algún nombre hay que darles) que a su paso ven como no les hizo justicia ni la Independencia, ni la Revolución, ni la primaria, ni la secundaria, ni los juegos florales, ni las instituciones culturales (corruptas, siempre corruptas), por lo que deciden pagar para que su publicación salga y así quedar bien con la suegra, con la abuelita, literatura que termina por ser mala y de clóset, que desperdicia papel y rebana el cuello de miles de árboles para solventar la gloria del hijo o la hija que quiso ser artista tras cumplir sus primeras XV primaveras.

Y en caso de que no se cuente con los recursos económicos suficientes, ¡milagro!, existen editoriales independientes que tramposamente se dan a la tarea de armar antologías sin ton ni son con tal de incluir a tanta bola de fracasados. Luego les hablan o los contactan por Internet. Les dicen que han observado su interés por la literatura. O bien que les parece destacada su obra. Es un primer golpe para que nuestro frustrado autor muerda el ganchito, alcé orgulloso la cabeza frente al monitor y se muerda los labios para ahogar ese grito que lo consume en medio del café Internet. Luego ya lo sacan del agua y lo empiezan a sazonar. Lo primero que le dicen es que tienen entre manos un importante (remarquen la palabra) proyecto: se propone reunir a autores igual de talentosos para armar una antología que tratará sobre el largo de la cola de los perros maltés en la Ciudad de México. En cuanto ven cómo usted se emociona y empieza a hablar de más…

  • De hecho, ahora que me lo dicen creo que tengo por ahí un poema que habla del largo de la cola del único perro maltés que conocí, el de mi ex.

Le dirán que tienen un pequeño inconveniente. Hace dos semanas, cuando se estaba gestando tan importante proyecto literario, se contaba con un apoyo que en su momento sería otorgado por el diputado de tal partido o por el jefe de gobierno en un acto público en el Zócalo de la ciudad donde al final iba a tocar la Sonora Matancera; pero el apoyo se canceló porque se le dio prioridad al programa de adultos mayores y a la gente en situación de calle, por lo que entre todos los que participen en la Antología (ya hasta tienen el título), tendrán que hacer una pequeña aportación en caso de resultar seleccionados. Usted dice que sí. Le dicen que mande dos o tres textitos y que en caso de ser incluido en la Antología se le notificará mediante un correo electrónico, además de que se le pasará el número de cuenta donde usted debe realizar el depósito puntual. Ya está: negocio redondo, ¿saben por qué?, porque la editorial saldrá a menores costos de lo que a usted le han dicho, porque en cada uno de los que participan en la antología la editorial independiente también tiene a un seguro comprador, en primera instancia, y a un buen promotor, porque una vez que salga el libro no dudará en comprar más de un ejemplar para su novia, su suegra, su amante, qué sé yo.

Hay de antologías a antologías y en la mayoría de las ocasiones se hacen sin criterio alguno, se incluyen a los cuates, a las madres de las amantes, a los viejos de los cuales el editor se compadece pues nunca en vida les quisieron publicar ese poemita de tan sólo dos estrofas, entonces, llegado a este punto, si a ustedes los invitan a participar en una antología, piénsenlo bien antes de ser estafados por su propia vanidad de futuras promesas de la literatura mexicana del siglo XXI.

Óscar Garduño Nájera
Óscar Garduño Nájera ha escrito en las revistas Replicante, GQ México, Opera Mundi, Forbes México, Crónica 13, Cuadrivio, Molino de Letras, entre otras, así como en distintos suplementos literarios, entre los que destacan Laberinto de Milenio. Participó en la Antología de minificciones “Alebrije de palabras”, editada por la UAP, así como en la antología “Tentación de decir” editada por la UNAM. Gusta de la comida china, odia parte de la literatura mexicana del siglo XXI, a Murakami, Bolaño, Benedetti y Sabines, entre otros, y comete faltas de ortografía por convicción y no por estupidez. Su novela ha sido rechazada en tres ocasiones, su libro de cuentos en una y su libro de ensayos concursa en un premio internacional, donde seguramente tampoco ganará.
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