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Algunas palabras apestan a monóxido de carbono. Fue tu primera lección. Quién sabe de dónde lo toman. Pero brincan desde tu libreta garabateada. Lo haces con poesía. Con cada uno de tus versos ofreces tu sacrificio. Hay que contar los dedos. Luego veremos la importancia de éstos en tu poesía.

Hay muchas maneras de morir. Hay quien escribe poemas en libretas con pastas de colores. Hay quien, como tú, consigue hacer del acto generoso de la masturbación un título: “La balada de la masturbadora solitaria” para afirmar: “de noche, sola, me caso con la cama”, y asignar un nuevo significado a un “revolcón”: “en la que cada pareja mezcla/ con un revolcón conjunto, debajo, arriba,/ el abundante par en espuma y pluma,/ hincándose y empujando, cabeza contra cabeza”.

Y si es necesario un poco más para morirse del todo, ahí está ese poema donde hablas de la mestruación a los 40. Vamos, estamos en la década de los sesenta, de tal forma que cuando lo recitas se resquebraja parte del american dream. No lo recuerdo ahora, pero casi puedo asegurar que antes de tu poema nadie se había atrevido a hablar tan directamente de las vergas y situarlas en una posición celestial que directamente relacionaste con tu patriarcado familiar: “todas las vergas del mundo son dios,/ viniéndose, viniéndose, viniéndose”, la repetición adquiere la sonoridad de un padre nuestro, una desesperada insistencia: “en la dulce sangre de una mujer”, lo que se ofrece una vez que culmina el sacrificio.

Aquí sí sirve de algo la poesía. Al menos te pone a salvo. No importa si es por unos cuantos meses: “por un lado es una mujer atractiva, alegre y fuerte. Por otro, una mujer convencida de que sufre ‘un dolor insoportable’, lo que la convierte irremediablemente en un ser marginal. Ahí entra la enfermedad mental y su tabla de salvación: la poesía” (Elsa Fernández- Santos: “Anne Sexton, a vida o muerte”, Periódico El País, 31 marzo 2013).

                Sin embargo esa tabla de salvación terminaría por hundirse. Coincidiste con Silvia Plath en un taller de poesía de Robert Lowell para iniciar una generación que hizo del suicidio el punto gélido de su obra poética, en tu caso más de 1000 páginas.

                De una familia acomodada, pronto te viste inmersa en un torbellino de alcohol y drogas. Por momentos fuiste capaz de contener la rabia auxiliándote no sólo de la poesía sino de las pastillas. Tu periodo “normal” se caracteriza por el reconocimiento y los premios. Tu periodo oscuro lo dejas claro en “Cartas para el Doctor”, poema que dejas inédito hasta después de tu muerte, acaso tan repentina e inesperada para los demás, no para ti: “muerte,/ necesito mi pequeña adicción a ti,/ necesito esa vocecita que,/ hasta cuando asciendo desde el mar,/ toda una mujer, completa,/ dice mátame, mátame”. Aquí tu primera muerte.

                Intentas salir pero no puedes, quién sabe lo que haces o lo que dices y los psiquiatras no hacen sino verte como un paciente sin curación posible, un caso perdido, acaso es que te haces llamar Anne Sexton y caminas de la mano de Silvia Plath, juntas forman el club de las suicidas en homenaje a Robert Louis Stevenson y anuncian teatralmente su muerte los viernes de cada semana en la camilla del consultorio, antes de escribir lo que podrían ser sus últimos versos, sus últimos poemas.

                Acudes a una de las sesiones del curso de escritura que imparte Robert Lowell en Bostón y repentinamente entiendes que: “tenía una especie de yo enterrado que desconocía si sabía hacer algo más que salsas y cambiar pañales”, y si en un principio mencionamos lo que Anne Sexton hace de ese sueño, aquí al fin lo confiesa: “era víctima del sueño americano” (“Los versos de un cóctel suicida”: Javier R. Marcos. Periódico El País, 16 enero 2009). Ese “yo enterrado”, desconocido hasta entonces, te reprocha una pronta y segura muerte, y sin querer tu hija se acerca hasta ti y te pregunta por ella, a lo que respondes: “la muerte está ahí. Pero mi hija dijo que el mundo iba a morir. Sabes, la Tierra, el mundo, se van a acabar. Le dije: nunca he mentido. Mira, puedo explicar facilmente el sexo, pero la muerte no la puedo explicar” (el video donde entrevistan a Anne Sexton se encuentra disponible en YouTube).

Años más tarde de tu muerte, Peter Gabriel compuso “Mercy Street”: en la letra se refiere a los tantos y tantos fantasmas que se empeñaron en meterte el pie cada que hacías hasta lo imposible por avanzar, por seguir adecuadamente las preescripciones médicas. Pero no, volvías una y otra vez a tu infancia, a la hija de aquel viajante de lanas que te maltrataba sin misericordia, fue cuando te retrataste como: “la no deseada./ el error/ que la Madre usó para evitar que Padre/ se divorciara”.

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Algunas palabras apestan a monóxido de carbono. Es lo que dijimos al principio. Algunas palabras en ocasiones son tu única pareja de baile en una gran y solitaria pista. Se escucha A Message de Cold Play, porque “you do have to be alone”, y es la música que escogemos para tu enorme despedida, cuánta falta hará tu poesía.

                Estamos en tu cumpleaños, Anne. Te emocionas muy poco frente a los regalos. Desprecias el pastel de chocolate. Para ti los cumpleaños tienen una pesadilla: quitas la tapa a una descompuesta licuadora y te saltan, revueltos, los meses y los años: un tiempo líquido que no se bebe ya a gotas sino a tragos. Y llevas a cabo tu primer intento de suicidio. Pero no consigues el objetivo y tu enfermedad sólo se prolonga. Depresión postparto. Transtorno bipolar. Para la época, muchos padecimientos psiquiátricos son considerados como “bipolaridad”.

                No lo consigues y sales con vida como quien despierta de la muerte arrepentido por despertar.

                Silvia Plath aparece en el hotel Ritz, te comenta que está por publicar lo que sería su primer poemario, aquel que marcaría tanto y tanto la poesía estadounidense de corte confesional: The Colossus. Hay que celebrar tal acontecimiento y beben muchos martinis.

                Ella se suicidó primero en la carrera que emprendieron las dos. Años más tarde. Te culpaste de su muerte: no era ella quien debía morir sino tú, que tantas veces lo habías intentado, incluso más que Silvia Plath. Aceptaste la derrota y le escribiste un emotivo poema de despedida. Lo dijiste casi en silencio frente a la hoja en blanco, Anne: tú ibas a encontrar otras formas de morir. Alguna de tantas tendría que funcionar. Por ejemplo, cambiar las palabras por monóxido de carbono. Pero eso sería otra historia, y si no estás aquí no vale tanto la pena contarla.

Óscar Garduño Nájera
Óscar Garduño Nájera ha escrito en las revistas Replicante, GQ México, Opera Mundi, Forbes México, Crónica 13, Cuadrivio, Molino de Letras, entre otras, así como en distintos suplementos literarios, entre los que destacan Laberinto de Milenio. Participó en la Antología de minificciones “Alebrije de palabras”, editada por la UAP, así como en la antología “Tentación de decir” editada por la UNAM. Gusta de la comida china, odia parte de la literatura mexicana del siglo XXI, a Murakami, Bolaño, Benedetti y Sabines, entre otros, y comete faltas de ortografía por convicción y no por estupidez. Su novela ha sido rechazada en tres ocasiones, su libro de cuentos en una y su libro de ensayos concursa en un premio internacional, donde seguramente tampoco ganará.
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